LEO COCINA & ROCK: El paladar de la música y el buen gusto

Por: Joel Cruz

Toda fiesta rock and roll comienza con el verbo «picar», un colombianismo que hace referencia a probar, sin ningún orden en especial, varios trozos de comida apetitosa, hasta la saciedad. El vocablo está emparentado a la picada, plato popular que involucra buena carga de carnes rojas y papas de la región. ¿Les suena como plan post resaca? ¡Sigan leyendo!

Usualmente, un error clásico en el consumo prolongado de copas ávidas de whisky o tequila, adornadas, por cierto, con ese típico carrusel de cerveza, que de diestra a siniestra chorrea sobre las mesas y las gargantas sedientas de los comensales en un buen recinto musical, es dejar para el día siguiente la ardua tarea de alimentarse para contrarrestar ese guayabo infernal inexistente horas antes, mientras se vociferaba a grito frenético Highway to hell. Es decir, cuando el rock etílico es profeta de la perdición. Se identifican... ¿cierto? 

Por suerte, y como uno de esos milagros absurdos gestados durante la pandemia, el fenómeno de los gastrobares inundó los modelos de negocio que le lograron (con mucho esfuerzo), hacerle quite a la crisis del confinamiento. Ahí, cuando las calles pre-apocalípticas de Bogotá se convirtieron en pueblos fantasmas, cuando el peligro de morir encerrados nos mandó las manos desesperadas a la cabeza, en Leo Cocina & Rock dijeron: —A preparar comida, que, si esto es el fin, nos asalte con el estómago lleno. A festejarlo con bebidas, porque, si esto es el fin, ¡que nos sorprenda en plena rumba! 

Dos años después del episodio, los pilotos de este sueño, Andrea Jaime y Leonardo Garzón, finalmente lograron darle una merecida inauguración en el barrio Chapinero. Cual fiesta de quienes sobreviven a un holocausto zombi, lo mejor de la celebración fue el goce de la vida, reflejado en una invitación a cargo de sus anfitriones, ya que anunciaron una selección amplia de músicos y artistas de todo tipo en su escenario principal; así que la puerta está abierta para comer, beber, rockear y en la mejor versión del caso, ser nosotros mismos.

La ceremonia del lugar fue ambientada por la aguja y el vinilo de Andrés Durán, melómano, autoridad del rock en Colombia y dj, una de sus facetas más sobresalientes. Con una decoración salvaje, sugestiva y animada por la distorsión de los riffs que ahora calientan sus veladas (ojalá lo hagan por mucho, mucho tiempo), debemos regresar al comienzo: Toda fiesta rock and roll debe comenzar con el verbo «picar». ¿Por qué? Porque un paladar bien sazonado, agarra mejor gusto al fragor de la música, haciéndola duradera; y a la noche, eterna.

Fotos por Zulma Palacios, excepto la foto central con imágenes de comida, propiedad de Leo Cocina & Rock. Pueden encontrar más de ellos en Facebook e Instagram.