Hálitos siniestros de gala: ESCLAVOS QUIENES NO VUELAN

Tenebris, sa

Lat. tenebrosus.

1. m. Tenebris corporalibus oculis tenebrae.

2. m. Quaecumque dirum, triste carmen: nigro.

 

“No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada” 

Edgar Allan Poe. El Pozo y el Péndulo

 

"En este trabajo yo quería hacer algo más orgánico". David Rivera nació en Medellín hace 47 años y las maneras que adopta al recorrer una ciudad que no es la suya, pero que respeta con profunda honestidad como si ella misma lo hubiese visto nacer, refleja en contraste la juventud rockera que todavía respira mietras transita las zonas bohemias de algún conglomerado citadino, resaltando con negrilla arial black el ambiente que huele a fin de semana nocturno. Estábamos a horas de que Tenebrarum regresara a tocar para la urbe bogotana y el violinista deambulaba junto a su hermano Julián por el centro histórico, preparando mentalmente las últimas jugadas de un show exigente. Cero licor, cero faenas noctámbulas: Las cuerdas y el arco necesitaban reposo, precisión para lo que venía. Una agrupación que dobla la esquina a una treintena de abriles no incluye el imprevisto en sus planes.

La remembranza, los muros empapelados: El boca a boca

"Nuestro facebook era esto" añaden por ahí cuando estamos en Rolling Disc (la bóveda del metal nacional) haciendo un guiño de cómo se cazaban las coordenadas de toques, bandas y noticias al día del sonido local; cuando para pasar del dicho al hecho, emulando a los ídolos de portadas como Kerrang o Metal Hammer se necesitaba viajar en bus destartalado e interactuar con cualquiera frente a la acera: Frente a la cara de acné y bigote preadolescente desfilaban policías desconfiados, Bon Jovis de Bosa, Cedritos o San Fernando; lustradores de calzado socráticos, anarquistas con ropa de marca, yuppies en hora pico y ¡claro! los afiches de las buenas nuevas con festivales de todos los presupuestos, algunos junto a la publicidad de un brujo llanero de esos que regresan al ser amado en una semana. Más o menos como ahora, pero sin wifi ni smartphones de lujo diferidos en tarjetas de crédito. No era indispensable presumir en redes sociales las recomendaciones sobre black metal noruego de Deezer para ser un dios vikingo en Trasmilenio. Hace un cuarto de siglo la voz que repiten los siglos bogotana o la eterna primavera de Medallo tenían el metal puesto con otras botas.

 

Sumar pasos en la calle con los hermanos Rivera es en sí mismo un acto de construcción y repaso: Medellín tuvo al metal como opción para los jóvenes que preferían gritar como locos frente a una grabadora o un toque mal planeado las visiones del horror que vivían, en lugar de multiplicarlas irracionalmente a punta de metralleta y moto como sí lo hicieron otros. La estridencia importada de los Hemisferios del Norte en ambos costados llegaba con iconografías rebeldes de niños evocando oscuridad tal vez al lugar menos indicado, donde "El Patas" (si quieren ponerlo como el malo) estaba encarnado en el valor mísero de una vida, la moral de barro que venden en el templo católico más cercano, o la hambruna causada por las mafias locales. Solamente en ese escenario por trillado y melodramático que parezca, David Rivera y luego tiempo más tarde en complicidad de su hermano menor crearon un grupo, producto de este aire umbroso, atmósfera de pólvora, casquillos de bala... un complejo artístico que se atrevió a proliferarse como una concepción con el valor de dilatar sus anhelos más allá del porvenir ajado que le esperaba: En los casi treinta años que redondean su almanaque, Tenebrarum ha mutado con un sinfín de inspiraciones y matices de color traducidas en música, mostrando en la cúpula del aprendizaje cicatrizado la honestidad de su arte sobre todo lo demás, aún cuando las creaciones han sido más iluminadas que opacas o el rótulo "metal" se comporte incómodo en algún corte de sus discos. Solamente un camino llevado de esta forma le permite aquí y ahora ver con buenos ojos esas eras remotas que alguna vez su violinista quiso borrar por completo, pero que ahora son objeto de sus observaciones, principalmente las del álbum y concierto que presentó hace unas noches. Únicamente así se reconfigura un pasado y se traza algo nuevo a partir de él, depurado con un esmero excesivo, develando una paleta de coloraciones frías, instalando narrativas que resuenan hasta en el más allá...

El concierto, la hora de la verdad vuelve a germinar

A la lluvia también le gusta visitar los shows de metal; de suerte ella tampoco se aguantó el frío y eventualmente se fue a dormir. Entonces con un público reducido, Rhyme Of Tears empezó a interpretar sus composiciones, que la verdad no me importaba si tuvieran menos de dos meses de haberse inventado o hubieran completado quince años de realizadas: Las canciones, evidentemente ensayadas hasta el casancio son hijas de un nombre que ha pasado por penurias, adioses, plazas paupérrimas como bares de mala muerte o por el contrario, cunas mayormente académicas, pero en todas ellas, el crecimiento ha sido su ley para llegar hoy y tomar propiedad de su propio bautizo, como el de un ser vivo que fortalece las tonadas de sus estribillos por tenacidad, madre del talento. Como banda, pasan según creo por una etapa de excelente química. Nancy Huérfano sigue mostrando una textura de voz rigurosamente evolucionada, eje de una energía en la que ninguno de sus miembros pudo quedar por fuera, indispensables todos ellos para irradiarla con alto esplendor, extensión que también cobijó a su cantante invitada, Jen Axe. La cosa comenzó muy bien.

La penumbra y lo insólito de la estación nocturna colmaban el Ace of Spades Club. Era inevitable y casi obligatoria la segunda o tercera Póker de la velada porque la inmensidad de la música que se aproximaba era una irrupción violenta, aunque fina: Herejía, parte de la cuota en el cartel hizo aparición sobre la tarima, también sabiendo a cuestas lo que es ser testarudo sobre estas latitudes, con un ensamble musical que desborda ambición. La Orquesta de Cuerdas de Bogotá junto a ellos en acto seguido, marcó otra vez pautas en una unión de lo popular con lo selecto, con un círculo  reducido como el del público expectante, haciéndole contrapeso al "tupa tupa" de siempre. También en armonía con sus invitados y como juglares de evocaciones fantasmagóricas, de espectros ideados por los hombres, nacidos en efecto de sus desmanes e inconciencias, este navío comandado por Ricardo Chica y respaldado por Orlando Parra navegó fabulosamente sobre los océanos del oscurantismo y la evidente apatía del rockero colombiano hacia sus semejantes. Pocos pero apasionados, supieron agregar acerca del episodio.