KEITH FLINT de THE PRODIGY: El silencio de la euforia

The Prodigy llegó a las listas musicales casi terminando los noventa, cuando el mundo de alguna manera estaba desnudando su línea excesiva hacia lo que la incertidumbre de los conflictos internacionales con la información en demasía empezaba a devorarse las sociedades una a una. Los matices de la música electrónica (con todas sus tendencias) estaban en un apogeo increíble; en Inglaterra, el grupo del cual fue parte Keith Flint hasta su muerte, era anfitrión en esa fiesta punk con sintetizadores alocada, donde el fin del milenio azotaba la fase conservadoramente fingida de las élites británicas, cuidadoras de su pulcritud, pero también cargando en su útero personalidades que han logrado por décadas poner de cabeza el planeta.

Joven bajo ciertas perspectivas, Flint falleció sin completar cincuenta años de edad: Amante de las motocicletas pero lamentablemente a la par de la velocidad aferrado a los cocteles  psicotrópicos, el cantante y bailarín supo sobrellevar en muchas temporadas las depresiones de un pasado difícil, suplido parcialmente por los ensambles musicales que contribuyó a crear con sus compañeros de grupo, desde que lograra conectar sus primeros intentos de componer en la apoteosis del rave junto a su amigo Liam Howlett, cuando el muro de Berlín estaba por hacerse trizas. En la Colombia del 2019, donde citar las veces que el olimpo de los artistas de prodigiosa magnitud nos han sido negados es una tarea casi infinita, es triste pensar en su partida: Estuvimos a un mes de tenerlo en el Festival Estéreo Picnic de Bogotá. Loops para la eternidad.

Fotos tomadas de lacapitalmpd.com, lalibertadigital.com y pollstar.com

Joel Cruz

Hummingbird Press