Corazones y sortilegios: La era under de ATERCIOPELADOS

 

"En la mañana me duele la barriga,

pero yo no creo que sea una lagartija;

Te comportas cual culebra, no me hagas más magia negra.

No me mandes pitonisas ni amenaces con sicarios,

no me pagues ya más misas y ya...

¡Quieto veneno!"

Aterciopelados (’Quieto Veneno’, 1993)

La voz en las noticias de Cristobal Américo Rivera hoy es símbolo de la cultura colombiana: En más de cincuenta años fue dejando cátedra sobre los principales medios radiales a los que tuvo acceso; sello único en este campo también creó un referente para las generaciones que escucharon sus múltiples e insólitas alocuciones. En 1993 los Aterciopelados sabían que el bajo agresivo de la ’La Gomela’ debía iniciar con un intro del famoso locutor, como una manera especial de acercarse a esos arquetipos que para bien o para mal, circundaban las calles de Bogotá, familiarizados con el vivir de sus caóticos andariegos.

Haciendo comparaciones al aire el proyecto musical de Andrea Echeverri y Héctor Buitrago se puede mostrar como un cerebro cinematográfico que empezó a dar vueltas sobre el barrio La Candelaria, una especie de proyecto raro clase B, susceptible de causar emociones de espanto, risa o trastornos abigarrados. Algo accidentado, su primer álbum "Con el Corazón en la Mano" no era como el punk de Medellín, ni calcado a la perfección de los aportes que uno de sus compositores había hecho previamente con su anterior grupo La Pestilencia. Esto era algo salido del underground mitad universitario, mitad melómano, cien por ciento experimental. Una forma ingenua y artesanal de adaptar el rock en parte anacrónico, en otra más moderno a las típicas "chocoaventuras" de una idiosincracia supersticiosa, violenta, muy emocional y siempre preparada para el humor negro: A veces con tanto problema a la gente no le queda sino reírse.

El debut de Aterciopelados es esa precuela que precede a lo que hoy siglo XXI continúan siendo sus dos figuras, al menos en su forma de comtemplar los cuatro puntos cardinales, donde han desfilado también estilos latinos, alternativos, de bossa nova, de carrilera o electrónica, casi todos desde sus orígenes. El rock materialmente hablando, no hace parte activa de sus últimas grabaciones, detalle que sin embargo les ha acarreado cosechar una identidad, asunto negado no para pocas bandas en el mundo, consagradas en su mayoría al facilismo del Auto Tune y la copia de la copia. Aunque imitar es parte de darle vida a lo auténtico, el abuso del plagio voluntario o involuntario ha opacado tantas iniciativas que no hay nada mejor en momentos que borrar el tablero acrílico interior para sumarle otro tipo de marcadores. Los precursores de esta banda lo han entendido desde los días en que se llamaban Delia y los Aminoácidos, así lo inusitado de sus letras hoy no tenga la misma gracia y su discurso suene recalentado en la inmediatez de lo digital.

Volviendo a sus raíces, el audio demo de ’Mujer Gala’ fue la entrada renovada del rock a la radio del país, segregado desde treinta años antes, solamente con instantes fugaces por el furor del género cantado en idioma español. Comenzaban los noventa, la calamidad de los carros bombas y el orden público se calmaron un poco al menos: Con miles de inquietudes y temor en exceso, la gente que empezó a preferir las guitarras rockeras sobre el vallenato, la salsa o el merengue salía brevemente de sus madrigueras subterráneas para buscar las oportunidades que la ciudad les tenía pero sobre todo, a crearlas.

Con todo el riesgo de emprender a gran escala, no han vacilado en hacer parte de sus cancioneros líricas y versiones relacionadas con lo popular, hasta lo considerado como de mal gusto: ’La Cuchilla’ es un claro ejemplo. En una época cargada de tabúes, esta versión fue transgresora tanto para el público general como para los puristas del rock, siempre buscando mantener una distancia de todo aquello que no corresponda a su música. Actualmente el disco está cerca de sus 26 años de existencia y se cumplen a la par veinticinco desde que ’Florecita Rockera’ hiciera parte del imaginario local, avisando su segunda y más recordada pieza "El Dorado".

Entre corazones de vaca, símbolos marcianos, conjuros de amor, elixires de plaza de mercado, refranes descomplicados, evocaciones de buseta y un aire irracional, la contrastante precariedad de su esencia es el único de sus registros que conserva un aire minimalista innato. La mano de la producción, a cargo de  Antonio "Toño" Castillo junto la mezcla de Richard Blair captaron en lo posible ese aspecto bohemio contenido en las canciones (en la mayoría) y típico del centro capitalino, donde históricamente lo raro ha confluido con lo corriente. En 1993 faltaban pocos años para que el "fin del mundo" (y que todavía nos tiene esperando) llegara. Por fortuna, viene tarde a la cita y mientras tanto, los pocos que han sentado bases en álbumes tan icónicos como el susodicho siguen por ahí, negándose a silenciar los pasos del do re mi. Cosas atípicas que acontecen después de fundar un bar estrafalario y tomarse una foto con las palomas en la Plaza de Bolívar, tal como Andrea y Héctor lo hicieron por aquél entonces, mucho antes de las polémicas "facebookianas" que los Grammy nos traen ahora.

Aquí pueden encontrar vía YouTube el álbum completo

 Foto: Aterciopelados en el video de ’Sortilegio’ (YouTube)

Joel Cruz

Hummingbird Press