TIERRAS CAVERNOSAS QUE VENCEN EL FLAGELO DE UN MILENIO: REFLEXIONES SOBRE GRAVELAND Y EL PAGAN METAL EN COLOMBIA

 

 

¿Pagan y Viking metal acogido en Colombia? Hasta hace tiempo atrás, una idea utópica, aunque latente en el imaginario de pocos. Fenómenos culturales que  han sufrido cambios desde su llegada a nuestra geografía dispar, constituyendo conexión con un macrocosmos mitológico de otras civilizaciones lejos de nuestro pasaporte, costumbres y formas de vida. Su estela ha evolucionado con las redes de contacto, las metrópolis y nuestras propias vidas enseñándonos un mundo exterior, distante de los excesos del sopor tropical y algunos de sus paisajes abigarrados. Su entrada no fue fácil al colectivo metalero del país: El metal  es un lenguaje de vocablos definidos ante el mundo, pero sus cimientos pese a ello, se adaptan a la idiosincrasia de cada individuo respecto a su sociedad. En consecuencia, estilos como el Thrash o el Death encajaron por años en nuestra realidad a un aledaño litoral de sangre, crisis social y lluvia de balas que inundaban aquello que podíamos limitarnos a conocer. La música extrema fue una contestación a lo que no podían respondernos los interrogantes de la vida. Pero a diferencia de otras latitudes, donde los conflictos bélicos y de orden público habían trascendido al plano de la historia, nosotros vivíamos en la zozobra de la violencia con la diversidad de sus matices minuto a minuto.

 

 

Existía no obstante, un lazo con esa corriente de lo extremo que ahora se hallaba mutando lírica y musicalmente: La marca del cristianismo (católica o protestante) nos separaba de las raíces étnicas, al igual que muchas naciones de Occidente. Es entonces cuando esta forma de hacer metal empieza a abogar por la tradición popular del verdadero legado de muchos pueblos y junto a ella, la capacidad de admirar y apreciar el linaje de otros, pero también de de asumir un papel activo en la genealogía de lo propio.

Entre muchas corrientes que a la fecha invaden las tiendas físicas y virtuales especializadas en las predilecciones de los headbangers por doquier, agrupaciones como el proyecto de Rob Darken, Graveland, no son populares. No lo son porque su estilo no está encaminado en saturar las mentes de jóvenes y no tan jóvenes melenudos con el discurso inagotable de la corrupción política, el caos ambiental y el existencialismo en forma de cliché.

 

 

La banda originaria de Polonia permaneció algunas horas en Bogotá durante el pasado 18 de mayo y fue suficiente para hacer creer a muchos que el metal siempre se aúna como germen creacionista, como armonía para tasar lo histórico en lo contemporáneo, para ubicar al paganismo como un vínculo introspectivo con un ser y estar que frecuentemente nos aporta más dudas que soluciones. Alrededor de doscientas personas estuvieron congregadas en el Auditorio Lumiere apreciando el espectáculo de un colectivo musical que artísticamente respira la herencia de más de 1050 años de culto pagano (Exactamente el larga duración que vinieron a promocionar). Darken y sus acompañantes para la presente gira, materializaron en directo una selección de piezas sonoras que definieron sagazmente y para satisfacción de sus fans, la potencia de su Epic pagan metal. Registros clásicos, tales como el disco Carpathian Wolves y el demo The Celtic Winter de 1994 o Thousands Swords  del 95 fueron estructurales en su recital, huella ancestral de un nombre adepto a su filosofía y que a pesar de poseer una identidad propia en cada grabación, sabe acoplar de forma inteligente canciones que han superado los veinte años de longevidad.

 

 

 El hálito mitológico a pesar de ser impecable, realmente no hubiera sido total sin la participación de Chaquen, representantes nacionales y hoy en día reducidos a tres integrantes, siempre al mando de su vocalista Miguel Orjuela. El próximo año completan dos décadas de trabajo persiguiendo un ideal arraigado en absoluto a la figura de los nativos precolombinos en el país: Una lucha de crecimiento y evolución en un género poco masivo  y sin embargo hoy en día, consolidado. La gente respondió gratamente a su repertorio, con más ahincó todavía cuando interpretaron algo de su primer casete El Llanto de las Piedras, puesto en el mercado a comienzos de milenio, época donde lo novedoso daba sus primeros pasos en el circuito metalero local. La constancia y la búsqueda de nuevas destrezas hacen fuertes a los sueños, por lo menos ellos así lo demuestran.

Como un combatiente legendario que ha librado una batalla más y emprende de nuevo la partida a otros rumbos, Graveland fue breve pero amable con los colombianos antes de abandonar la urbe capitalina. Las armas debían estar en pos de un nuevo combate y los himnos preparados hacia la siguiente ruta de peregrinación. Los dioses no se equivocan cuando encomiendan el pregón de los cantos de guerra. Aquellos vasallos elegidos para tan noble misión ya han encontrado el punto donde el pasado y el futuro se alinean por igual.

 

 

 

Fotos por Gustavo Romero

Clip por Andrés Naranjo y disponible en YouTube

 

 

Joel Cruz

@johellcrvx