TERMINATOR 2: Cuando JOHN CONNOR nos liberó de SKYNET, pero no de las malas secuelas en el futuro

Texto: Joel Cruz

Terminator 2: Judgment Day es de lo más memorable en el séptimo arte por algunas razones en especial: el desarrollo del guion y la extraordinaria ejecución de sus escenas, encarnadas por actores perfectos para sus roles, que llevaron excepcionalmente a cabo la historia de acción y Sci-Fi en más de dos horas y media.

Sin ánimo de lucir fanático (bueno, sí) la segunda parte de la saga que comenzó en 1984 no tiene ni medio minuto desperdiciado. Claro, no pocos expertos (¿?) en cine pueden leer esta nota y decir: «su opinión es sesgada; tiene muchos errores, véala a blanco y negro para que parezca más intelectual. Analice a John Connor como víctima de una familia disfuncional, es muy violenta y me da ansiedad. Quiero a mi mamá, lo voy a reportar en Facebook» u otras ridiculeces que no vienen al caso... ¡pero no! T2 es un caso de éxito (con una inversión de alrededor 195 millones de dólares actuales, difícil que no lo fuera).

Al superar en taquilla más de 5 veces tal cifra, fue un megaproyecto sagaz del director James Cameron, hoy glorificado entre los mortales como un mago obsesionado por las narraciones que cuestionan la condición humana, los personajes determinados y los condenados efectos digitales en su expresión más minuciosa, doblegando como cruel pelota de tenis a perrito juguetón, someten al espectador, haciéndole creer que cualquier riesgo apocalíptico se desbordará ante nuestra pantalla para hacernos reflexionar sobre qué tan buenos o malos hemos sido mientras nos comemos las sobras de las crispetas.

Pasaron 7 años para que la segunda parte de la película protagonizada por Arnold Alois Schwarzenegger (sí, hice copy paste en el apellido y también me hizo gracia su segundo nombre) y Linda Hamilton arrasara en las salas cinematográficas, quedándose a perpetuidad en la cultura popular. Su antecesora The Terminator ya se había tomado un lugar privilegiado entre el paisaje tech-noir como puente futurista de las tendencias subterráneas que migran a lo masivo y a final de cuentas, encajan sin problema en la esfera comercial. Estábamos en los años 80, los temores nucleares estaban de moda, no había futuro promisorio y el telón de Los Angeles hervía por la abundancia de sus excesos.

El organismo cibernético T-800 era un brutal asesino en la primera parte que ahora tenía como misión especial proteger al salvador del mundo. Aunque el también actor de Conan the Barbarian y Commando no estaba en principio muy feliz por adoptar el papel de una máquina destructora buena, fue asimilando en el rodaje la nueva complejidad del esqueleto metálico en El Juicio Final. Más interesante respecto a la anterior.

La película fue estrenada en Estados Unidos durante julio de 1991. Sin las reglas forzadas de inclusión que dominan hoy a la industria del entretenimiento por presuntos lenguajes ofensivos, las sensibilidades fuera de contexto y la parafernalia de las redes sociales (afanada en captar la atención como sea), Sarah Connor fue literalmente una mujer de armas tomar.

El personaje de Linda Hamilton pasó de ser una trabajadora normal para caracterizar el espíritu guerrero que instruiría al soldado más importante de la resistencia humana. Tanto la actuación como la huella de Connor sobresalió como un símbolo magnético, evocando respeto sin necesidad de implorárselo a los demás.

Cameron siempre estuvo empeñado en darle continuidad a la saga. Hechos los ajustes legales necesarios para poderla filmar, el también guionista fue bastante meticuloso al insertar los efectos especiales de mayor impacto en el celuloide para aquellos días. La tecnología de punta aplicada a las imágenes de computador en movimiento se utilizó con tal nivel de profundidad, que la carrera del futuro director de Titanic y Avatar no volvería a ser la misma. Tampoco la del cine mismo, pues Terminator 2 fue ese empujón gigantesco a las obras que combinarían en la década el máximo ingenio de directores, escritores, trucos virtuales y acción desenfadada en Jurassic Park, Independence Day, The Fifth Element, The Matrix y las que se me escapan por ahora. Ustedes escojan o propongan la suya.

Sin dejar de lado las maravillas en pantalla de la conversión en metal líquido del T-1000 (Robert Patrick), los horrores de la bomba atómica que aparecen en los sueños de Connor fueron logrados con los escalofríos de una imaginación audaz. No se puede negar: la metrópoli angelina en la cinta es un horrible lugar sin dios ni ley, una guillotina afilada que sabe cobrar pecados. Pero si se trata de ser justo, la ciudad de la escena catastrófica podría ser cualquiera. No es descabellado volver atrás y recordar que para 1991 Bogotá, por ejemplo, vivía atemorizada por los ataques terroristas. Quienes lo vivieron, lo saben bien.

En cuanto a John Connor (Edward Furlong) puedo agregar que tiene un punto de equilibrio natural en la película. La vi por primera vez cuando tenía 8 años en Betamax. El casete era pirata y en formato europeo PAL; entonces parecía doblada por minions. Tratar de entender los diálogos de una sinopsis difícil y no restarles atención a 4 personajes tan complicados (mamá, hijo, ex matón protector y matón policía) a esa edad… ¡imagínense! Entendí en algo la trama después de los 13. Me animé a verla cuando vi el video «You could be Mine» de Guns N’ Roses. Al igual que varios niños yo quería ser actor como Furlong, vestirme como él y parecer rebelde. A veces, al igual que John Connor niño con camiseta de Public Enemy, me aterra cómo el ser humano aniquila a sus semejantes.

«El futuro no está establecido. No hay destino. Solo existe el que nosotros hacemos», sentencia reveladora. Sin mirar atrás y caer en las trampas de la nostalgia (no todo pasado fue mejor), 30 años de ese porvenir escrito sobre el lienzo fílmico ya cruzaron el tiempo. Si hay una saga ficticia que nos pueda dejar algún valor sobre ser resiliente y mantenernos firmes en nuestras convicciones mientras la civilización se viene a pedazos por el peso glotón de su arrogancia, es esta.

En un cierre perfecto, la vía que se va dejando a paso ágil nos ofreció la mejor conclusión de una historia en la cual un tercer largometraje decente es ya imposible e innecesario. Ojalá nunca lleguen sus episodios bélicos de armas láser con cielos negros y prados de cráneos a ser realidad (suficiente tenemos con las secuelas, que exterminaron a quemarropa la franquicia).

No se puede hablar de una película que a su vez nos cuente líneas del pasado y el futuro vieja, si su fuerza renovadora le quita todavía (después de tanto tiempo) ideas obsoletas al cine de nuestro presente, paradójicamente. Mientras Hollywood se quedó desde hace rato congelado en nitrógeno líquido (como el T-1000 en una de las escenas), Terminator 2 sigue ahí, tan explosiva como sus apartes de camiones y automóviles policíacos hechos añicos.

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